prologo beta
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Los días siempre caen por el calendario a la misma velocidad, como una hoja de cemento al vacío, con el viento en contra del destino. Ya nada se le aparece, ni lo asusta. No lo remueve de su estado de sobriedad favorecida, no lo destruye ni lo transa, sólo lo contempla, lo mimetiza y descubre que se desvanece, se entibia y canta un pequeño verso desnutrido. Los días siempre llegan, solos y altaneros, sin esperanzas a cuestas, sólo con un pequeño lugar para el odio y la gula.
Los días también se desvanecen, a veces, mientras Lucho Gatica canta donde no se le necesita. Se convierte en historia, mientras la historia se convierte en libélula, en carro de tren desbocado, como mi vida... como suele serlo.
La historia era la misma de hace dos años: ningún movimiento, ningún crujido de huesos, nadie conocido, un par de palomas hambrientas, un par de ratones come palomas. El patio barrido y la basura amontonada en mi rincón favorito.
Alguien quiere provocarme. ¿Qué dices? ¿Le doy en el gusto?
Tal vez le de un poco de pena, una bolsa de dulces gastados y mordidos, un pequeño recipiente de sesos desgastados y corrientes. Alguien quiere provocarme.
Tengo una teoría: estamos atrapados y el mundo es un gran Horwitz Barak.
Hay un poco de lógica en ello. Me pareció que todos estaban partidos por la mitad, y trataban desesperadamente de buscar a su otra mitad, como en un mito platónico. Pero no lo conseguían, y estaban más que dispuestos a seguir buscando. Yo me rendía, yo siempre me rindo y digo “basta”.
Siempre y nunca. Siempre y nunca. Siempre y nunca.
El sol que apresta a esconderse salvajemente, como medio poseído por un par de lunas macabras y feas, deambulantes, quebradizas, golosas, adjetivizantes.
Invento palabras, y no me arrepiento. Incluso tuve que inventarme mi vida de nuevo, y eso sí que es algo difícil.
Últimas dos hojas del diario de vida de Manuel Alvarez Urquieta.
Transcrito por: Eusebio Rojas P.
Santiago, 4 de noviembre del 2003.
Estoy sentado esperando mi hora, mascando un chicle amargo para evitar el mareo. La enfermera sale al pasillo y me levanta una mano. Yo me pongo de pie y camino hacia ella. Juro que esto ya lo he vivido, tal vez ayer. Le entrego el papel, me hace pasar y me pide que me desvista. Hace cinco años nunca lo habría hecho. Estoy desnudo, y doy un paso adelante, sólo por instinto, por un choque eléctrico. Paso, tomo asiento, ahí está la doctora.
"Aún no logro entender qué es lo que tengo" le digo. Detesto hablar.
"Ni nosotros, pero no se preocupe demasiado, usted quédese tranquilo."
Me siento como si me dieran una factura por algo que no compré ni recibí y quedara endeudado de por vida.
Hay miles de cosas en la ventana, queriendo salir, y salir es entrar a mí. Salir del mundo es entrar a un refugio seguro y sólido.
Electroshock... mmm. Hace tres años se prohibió el electroshock, pero al parecer la mayoría de los psiquiatras de aquí son además maestros electricistas.
La enfermera hace como me escucha, ríe de manera extraña... quiso ser psicóloga, pero no sé qué demonios le pasó con su familia, que su hijo, bla, bla, bla... hace como que me escucha, pero está más preocupada en lo que quiere decirme y en que sus palabras suenen inteligentes, frescas y sencillas, casi con aroma, como un perfume diminuto, como un pequeño papel lustre pegado a la frente que dice "soy una mujer que piensa". Todo es mentira, tanto que ya parece que la mentira se me metió a la garganta.
Me visto otra vez y salgo al pasillo, y ahí está ese señor con bandera vendiendo los alfajores que aprendió a hacer en el taller de cocina para entes brillantes y pulidos como nosotros. Aprendí también a hacer alfajores, pero me quedan duros y amarillos, como enfermos, como mi cara una mañana de domingo.
El taller de cocina está cerca, se huele el olor a podredumbre y a jugo Ricky, loncheras de barro y candelabros de chocolate derritiéndose y quemando pieles de personas aún vivas, para desgracia de algunos. Me alejo de las luces de olor aciago y tropiezo con otra vida que resulta ser mi vida, pero transfigurada en una pared empapelada. Paso mi dedo por el identificador del torniquete. Sí, soy yo, Manuel Ignacio Álvarez Urquieta. Ese era. Odio ese nombre tanto como me odio a mí mismo. Otro día de salida. Otro día que no me importa nada, ni siquiera el que sea una sombra de lo que alguna vez fui.
Tengo un papel lustre pegado a la frente que dice "no te me acerques, corres peligro".
Santiago otra vez, pero siete de noviembre.
Santiago de nuevo se despierta antes que yo. Sale por la ventana de su casa, respira ondo y vomita el pasto. Llego con frío. Me acuesto y pienso.
Sueño con ellos. Otra vez el mismo cuento.
"Lo siento, no podemos decirle eso, usted sabe."
Siento la urgente necesidad de hacer algo malo hoy, siento que me están quitando algo que es mi derecho, algo de lo que no puedo prescindir, ¿Qué se creen los muy malditos? Al carajo. Jugar con los post-it de la mesa de centro.eso hace a un médico un maestro.
Creo que podría ser posible irme de este lugar por hoy, dejar que me persigan y desaparecer tras lo gris. Correr por donde todos se harían heridas a lasa que ya me acostumbré, garabatear bancos de plazas lejanas, disfrutar del sol que ya no me disfruta, mentirme a mi mismo y decirme “dichoso seas”.
Lo poco de dignidad que me queda lo voy a gastar hoy.
¿Cuánto cuesta ese libro? Diez dignidades. Ok. Para regalo. Lo siento estamos cerrando, vuelva mañana, si no puede dormir, intente con más cariño.
ESTOY ASEGURADO HASTA MAÑANA.
Supongo que rara vez han oido de mi, supongo que ninguna. Dadas todas estas circunstancias sustancias, voy a crear un pequeño elemento distractor con mi ojo.
Mueve el ojo de manera compulsiva. Temo verlo saliendo de su órbita y golpeándome en la cara.
Ok, ok. Let's face it. Este chico tiene un problema que va más allá de nuestro entendimiento. A veces siento que el problema es nuestro.
Pero los sentimientos nunca son útiles en este tipo de profesiones. Sugiero una sola cosa: Aislamiento total. Tal vez me equivoque, pero cuando lo sepamos todo habrá pasado.
Los sentimientos nunca son útiles. Son cosas que uno aprende, y espero que lo asimiles y no se te olvide.
Lo más chistoso de todo es que pretendía que todos se marearan mientras le veían los ojos, por eso se hizo escritor, porque ya tenía los ojos cansados. Le dijeron que William Burroughs se había muerto, y por eso había un cupo disponible para jugar a transformar las letras en pedazos de vómito.
¿William Burroughs estaba muerto? Una pena. Dos. Tres.
En realidad nunca quise a ese tipo. Era del otro pabellón, y sinceramente prefiero olvidar a los demás para olvidarme de algunas cosas de mi.

